Tras siglos de marginación y persecución, iniciada por los Reyes Católicos y culminada con la Gran Redada de 1749, la Pragmática de Carlos III de 1783 inició el camino de mejora de las condiciones de vida de los gitanos españoles.
Posteriormente, como consecuencia de la Guerra de Independencia (1808-1812) se despertó en la conciencia española un sentimiento de orgullo racial que contrapone al ilustrado afrancesado la fuerza telúrica del majo, arquetipo del individualismo, la gracia y el casticismo. En ese ambiente comienzó a triunfar el costumbrismo andaluz y la moda cañí. Las cantiñas gaditanas sufrieron la influencia de la jotas patrióticas algunas de cuyas letras y el aire de su ejecución impregnó a las alegrías, dando lugar a lo que se denominó jota flamenca.
Paralelamente el romanticismo habían visto en el gitano y en otros tipos andaluces como el bandolero un arquetipo de individualismo que triunfó tanto en La Corte como entre los viajeros románticos del centro y norte de Europa. De este modo los gitanos, especialmente dotados y propensos a la música y la danza, cultivadores y mantenedores del folklore de sus lugares de acogida en toda Europa, hicieron lo propio con el rico folklore andaluz, llegando a una síntesis entre lo andaluz y lo gitano que luego se conocerá como flamenco, género que acabó por profesionalizarse produciéndose una separación entre el virtuosismo del cantaor y las posibilidades interpretativas del pueblo llano, sin que esto supusiera que el flamenco perdiera su cáracter popular aunque minoritario.
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